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arte contemporáneo - biografías inéditas - ensayos


David Benqué

Imaginemos un jardín lleno de flores y árboles y frutos exóticos, imaginemos que los frutos tienen formas imposibles y que emiten melodías. Los insectos que allí viven interactúan con el entorno, generan sonidos que los mismos árboles amplifican. Esto que parece una escena de cuento es apenas una pequeña parte del proyecto Acoustic Botany (2010), del artista inglés David Benqué, un ferviente investigador en ingeniería genética y biología sintética. Parece un delirio pero es real: Benqué está trabajando la posibilidad de diseñar, manipulación mediante, vegetales que sean capaces de interpretar melodías.

Acoustic Botany está en etapa de desarrollo, el objetivo es, además de darle vida a un jardín acústico que modifique su carácter fonético a lo largo de las estaciones, anticipar un futuro próximo donde los adelantos en genética no sean únicamente utilizados para abordar cuestiones relacionadas con la salud, los alimentos o el medioambiente, sino también para extender la edad y satisfacer deseos estéticos. “Le hemos dado forma a la naturaleza durante miles de años. Con este jardín fantástico, a modo de ecosistema controlado de entretenimiento, me propongo explorar nuestra relación cultural con la naturaleza, y cuestionar su devenir en la era de la biología sintética”, explica Benqué.

Las investigaciones se están desarrollando junto a un equipo de asesores científicos de la Universidad de Harvard y de la División de Biociencias Moleculares del Imperial College de Londres. La metodología utilizada es un cruce con las prácticas agrícolas tradicionales. Por ejemplo, el fruto String-Nut tiene una cáscara hueca, perforada, que actúa como caja de resonancia de los sonidos de masticación y estridulación de varios insectos. El artista está realizando experiencias en laboratorio para que los árboles puedan dar este fruto, de distintos tamaños, y así variar las notas y las combinaciones musicales posibles.

El interior de estas nueces contiene una pulpa dulce, que es devorada por los insectos. Entran en el fruto por los distintos agujeros y allí permanecen hasta que comen todo, durante ese proceso accionan una serie de fibras que funcionan como cuerdas. El pulso de esas cuerdas genera música. Cuando la pulpa se termina suelta una semilla a la tierra para que germine y le de vida a una nueva planta.

Benqué sabe perfectamente que no va a lograr sonidos absolutos, de extrema belleza; su intención es comenzar con mecanismos simples, como fuelles y vejigas. Otro ejemplo, en este sentido, es el Agrobacterium modificado, capaz de digerir azúcares y nutrientes para generar en su interior parásitos que producen gas. Cuando la presión del gas aumenta, el fruto lo exhala a través de los estomas [los poros de los vegetales]. De este modo se producen silbidos, como si tratara de un globo al cual se le va quitando lentamente el aire desde el pico. El tamaño de los estomas regula la intensidad y la frecuencia de los sonidos generados.

El Giant Speaker Lilly, otra especie, está inspirada en una flor real que captura insectos y los cubre de polen durante un día completo hasta matarlos. La intervención de Benqué amplifica mediante membranas naturales las vibraciones que se producen dentro de la flor, sus hojas y los capullos, al momento de la captura. El artista explica que se trata de una réplica de un altavoz de gran formato.

El equipo de investigadores está analizando los efectos reales que estos cambios biológicos pueden tener sobre las plantas, especialmente en sus posibilidades de reproducción. Probablemente, señalan, las especies necesiten de la intervención del humano para que no tengan efectos indeseados o se trunque su crecimiento y propagación.

La idea del artista es lograr algo más que una experiencia perceptiva, busca crear modelos de sonido distintos, para atraer a la audiencia de forma directa. También tiene en sus planes editar un pequeño libro con diagramas e ilustraciones, que exponga todos los detalles de los nuevos vegetales y explique las relaciones internas en el ecosistema que los reúne. Benqué imagina una banda sonora integrada, armónica con los sonidos clásicos de la naturaleza. “Igual sabemos que va a ser imposible controlar esta música, el crecimiento de las plantas es una incógnita, una incógnita inevitable”, agrega.

En base a este proyecto, desarrolló la instalación Silver Acres (2010), donde expone la evolución del jardín acústico a lo largo de un año, durante las cuatro estaciones. Para esto se vale de miniaturas realizadas en vidrio y polímeros, situadas sobre una interfaz electrónica que va mutando a medida que avanza el tiempo y se modifican, virtualmente, las condiciones meteorológicas. El artista se ha cuidado de no caer en lugares comunes en la representación de Acoustic Botany, por eso se definió por imágenes abstractas y luces y colores repartidos arbitrariamente. Las piezas tridimensionales representan cada uno de los vegetales que se están desarrollando en laboratorio: por un lado hay una orquesta de String-nuts, por otro las flores carnívoras sonoras y el vivero principal con frutos modificados.



Esta instalación se ha presentado en el Royal College of Art de Londres. Está en carpeta la idea de armar un espectáculo integral cuando los vegetales estén terminados.

Aram Bartholl

Oscar Wilde sostenía que la naturaleza copia al arte, y no al revés. Esa misma lógica, irónica y creativa, puede aplicarse a la obra del artista alemán Aram Bartholl: la realidad copia al mundo virtual, y no al revés. Las ciudades se han convertido en espacios ávidos de intervenir con tecnología. En los tiempos que corren, donde no es tan simple señalar con claridad los límites de la realidad, aparecen grietas donde el arte cumple un rol decisivo, un rol que, por una parte se burla de tantos adelantos y por otra los resignifica para modificar su funcionalidad.

Una de sus creaciones recientes, Map (2009), consiste en replicar los globos característicos del Google Maps en madera y ubicarlos en lugares reales, exactamente donde el buscador, para brindarle un servicio de referencia geográfico al usuario de Internet, señala el centro de la ciudad. Bartholl demuestra con esta obra que la percepción de las ciudades contemporáneas está cada vez más influenciada por los servicios de geolocalización. La herramienta web utiliza un simple ícono gráfico de veinte píxeles que mantiene siempre el mismo tamaño en la pantalla del ordenador. Las dimensiones del marcador real en el espacio físico (6 x 3,5 x 0,35 metros) se corresponde proporcionalmente con el tamaño del de la interfaz.

La intervención Dead drops (2010) mantiene la misma línea conceptual, apunta a reinterpretar los espacios públicos como escenarios donde la tecnología se acopla armónicamente sin perder su aplicación social. La idea es ubicar en muros, bancos de plaza y teléfonos públicos, entre otros lugares, pendrives -unidades flash USB- para que cualquier transeúnte conecte su ordenador portátil y descargue un archivo de regalo. Puede ser un libro en pdf, una canción, un programa, un videojuego, cualquier cosa plausible de compartirse en poco tiempo y de modo directo, peer-to-peer. El proyecto, tan simple, está pensado para que se multiplique a lo largo de todo el mundo, en la mayor cantidad posible de ciudades. En algún punto es también una exploración sobre cómo transferir archivos sin tener la necesidad de conectarse a la web.


Para Highscreen (2011), Bartholl abre el acceso a Internet en los insumos tecnológicos que fueron arrojados a la basura. Rastrea monitores y ordenadores fuera de uso y los conecta a la web con una señal propia, en menos de cinco minutos. La intención es que cualquiera pueda navegar por la red, además probar que la accesibilidad a la tecnología es cuestión de creatividad, que no hacen falta inversiones millonarias ni legislaciones anacrónicas. El proyecto es sólo una forma de hacer visible un concepto artístico, porque la gente que ve el ordenador conectado en la basura, es entendible, no utiliza el servicio. Tal vez por temor, tal vez por la sorpresa que genera. Aun así, la idea tiene una gran fuerza, recupera obras que desarrollaron artistas net.art como Evan Roth, Constant Dullaart y Cory Arcangel.

Bartholl acuñó el termino pop.net.art, que da un paso más dentro de la tradición del net.art, con la intención de sumar un costado popular, de acceso masivo a la tecnología y al arte que circula por la Internet.

Un ejemplo puntual de esta búsqueda es la obra-acción Speed show exhibition (2010), el artista convierte un cibercafé en una galería de arte digital. Ya se realizaron tres ediciones de esta serie, una Berlín, otra en Viena, otra en Ámsterdam. Bartholl alquila todos los equipos de un ciber durante un día e invita a todo aquel interesado a que exponga sus obras. La única condición es que todo el material que se muestre esté online, tiene que poder verse en un navegador convencional. No se pueden llevar puertos externos o modificar físicamente los ordenadores. El programa es público y se lleva a cabo durante las horas normales de apertura de la tienda. La inauguración es libre y gratuita, generalmente se sirve café y se permite chequear el correo electrónico.

Una obra polémica que desarrolló es una crítica al imperio Google: directamente fabricó un falso coche del servicio Google Street View. Es una réplica exacta que recorre las calles de Berlín, no filma ni toma imágenes, simplemente aprovecha la reacción social que genera cuando pasa. El artista subió a la web un plano para construir una réplica del dispositivo. Según explica, su intención es que la gente -cuanto más mejor- se divierta conduciendo por las calles de la ciudad.

Aram Bartholl ha realizado más de 35 obras, tanto en galerías como en museos y en espacios públicos de Alemania y Nueva York. La mayoría han logrado repercusión en otros países de Europa, siempre a través de la divulgación vía Internet.

Martin Messier

Construir y deconstruir, esa es la cuestión. El artista canadiense Martin Messier explora los horizontes sonoros de cualquier dispositivo mecánico en busca de un patrón rítmico; transforma aparatos obsoletos para descubrir sonidos. Paralelamente, toma el pulso del arte audiovisual en performances cinematográficas y teatrales, utilizando como soporte el escenario de las nuevas tecnologías digitales e informáticas.

Su más reciente proyecto se titula Sewing Machines Orchestra (2011) [Orquesta de máquinas de coser]. En la misma búsqueda conceptual que el alemán Wolf Vostell (1932 - 1998), creador de la revolucionaria Sinfonía Fluxus para 40 aspiradoras, Messier encuentra música en objetos de uso cotidiano. La gran diferencia con aquella clásica instalación de la década de 1960 es la sofisticación estética y el refinamiento de los resultados. La obra de Vostell, más allá de su valor histórico, era un generador de ruido. Sewing..., en cambio, aprovecha al máximo las posibilidades rítmicas y lumínicas de las ocho Singer fabricadas en 1940. Cada una está conectada a un microchip que regula su comportamiento para concebir una performance electroacústica impactante. El artista señala que esta obra permite ampliar la creatividad y reinterpretar la relación aparato-usuario.



En colaboración con el artista Nicolas Bernier, desarrolló a fines de 2010 la obra La chambre des machines [La habitación de las máquinas], dos extrañas piezas capaces de generar sonidos hi-fi, realizadas con engranajes y bielas que se accionan manualmente. El punto fuerte de esta pieza es el cruce entre la acústica y la electrónica: el público queda envuelto en una atmósfera sonora que surge de la interacción entre el sonido mecánico y las frecuencias sintéticas. Desde la programación, el proceso digital logra ampliar la paleta sonora propia de las máquinas analógicas. “Buscamos el regreso al mundo físico en un entorno de creación digital”, apuntan los artistas. También hay un guiño a la Intonarumoris, aquella máquina futurista de la década de 1920 que creaba ruidos, construida con componentes desconocidos, algo similar a lo que ocurre actualmente con los ordenadores convencionales.



Para L´horloger (2010) [El relojero], utiliza una serie de relojes despertadores antiguos para crear una secuencia musical que se sostiene en el trabajo meticuloso del montaje sonoro. Messier manipula la ubicación y el mecanismo de los relojes arriba de una mesa para explorar sus cualidades sonoras. El proyecto enlaza directamente con la memoria, el presente, la actividad cíclica y, obviamente, el plano espacio-temporal. El tiempo es elástico, irreversible e inquietantemente continuo.



Por su parte, Epectres enlacés (2009) [Enlaces espectrales] es una experiencia inspirada en la música acusmática. Los espectadores se cubren los ojos con una máscara para dormir y escuchan los sonidos que se emiten en la sala. Sin el reconocimiento visual, el espacio se reconfigura y el espectro sonoro fluctúa entre la colisión y la fusión. Todo ruido y detalle que se reproduce proviene de grabaciones de actividades cotidianas. El resultado es un universo onírico integrado por referencias descontextualizadas y que coquetea con un ambiente imaginario surrealista, donde se puede reconocer una mezcla de sonidos urbanos, golpes de puertas, el rebote de pelotas de baloncesto y ping pong, maquinarias en funcionamiento, etc. “Mi voluntad de crear una pieza acusmática tiene que ver con la necesidad de combinar ruidos y melodías, de encontrar una línea que conecte ambos planos que en una primera impresión parecen desconectados”, aclara el artista.

La instalación Pencil Project (2009) [Proyecto lápiz], creada junto al artista Jacques Poulin-Denis, se sumerge en el rendimiento del sonido y la tecnología de amplificación. La intención es diseñar una pieza de música electrónica en vivo inspirada en el acto físico de escribir, articulando siempre el espacio visual. Los intérpretes -los artistas-traducen garabatos, se rascan, salpican y borran. Cada movimiento es música en la más pura calidad sonora. La programación, el procesamiento de las señales y el diseño son el la médula espinal de este proyecto, pero la idea central es mantener invisible toda la tecnología aplicada: todo está oculto para que sólo se luzca la manipulación de los objetos y el enfoque de los participantes. El aspecto más importante es la generación musical y la amplia gama de sonoridades que se crea, por ejemplo la voz del lápiz sobre la textura del papel. El conjunto concluye en un vocabulario muy rico que se transforma y se subdivide en capas. Los artistas encuentran una nueva forma de expresividad, a través de un desempeño intuitivo, íntimamente relacionado con un instrumento musical tradicional.



Las obras de Martin Messier se han presentado en distintos festivales especializados en arte y tecnología, en Francia, Taiwán, Bulgaria, Estados Unidos, Inglaterra, Italia. Finlandia, Alemania y España. Recientemente exhibió Sewing Machines Orchestra en el encuentro artístico Elektra 12, realizado en Montreal, Canadá.

Markus Kison

El contexto social, la información digital y los objetos físicos conforman un solo plano en constante transformación. El artista alemán Markus Kison explora esos cambios desde un análisis político, ubica a la tecnología como una herramienta para desarrollar obras de alto vuelo conceptual. Una de las primeras y más polémicas fue Ticker Cross (2007), un clásico crucifijo con la imagen de Jesucristo, pero con el cartel de INRI modificado; en su lugar ubicó una pequeña pantalla de leds donde además de leer la inscripción aparece un número, que se actualiza en tiempo real a través de internet, con la cotización de los bienes del Vaticano en la bolsa de valores. Sus obras pueden ser así de directas o más sutiles, sea cual sea la búsqueda, el dato característico de su arte es la síntesis, tanto en funcionalidad como en la resolución estética.

Su más reciente creación es Versus (2010), que se enmarca dentro del Proyecto Genoma Personal (PGP), una investigación que comenzó hace unos tres años sobre la secuencia de ADN de más de 100 mil voluntarios que prestaron sus datos. La instalación está integrada por una pantalla y dos proyectores, cada uno arroja imágenes que se superponen; un sistema las va alternando para que el espectador pueda ver las diferencias mínimas que aparecen. La idea es simplemente compartir, hacer visible, la información más íntima y personal, lo que científicamente identifica a un ser humano como individuo único e irrepetible. Las imágenes fueron recopiladas a través de internet y se proyectan acompañadas por el nombre completo del participante y su historial médico.

Kison da un paso sorprendente con la intervención pública Touched echo (2009). En la balaustrada de la Terraza de Brühl, en Dresden (Alemania), instaló unos dispositivos acústicos que utilizan los huesos del cuerpo como conductores de sonido. Es decir, una persona se acerca, apoya los codos, tapa completamente con sus manos los oídos y comienza a escuchar una reproducción del ataque de las fuerzas aéreas británicas que destruyeron la ciudad la noche del 13 de febrero 1945. Se escucha todo a la perfección: bombas, disparos, escombros cayendo, explosiones. Todo. Sin alterar en lo más mínimo el paisaje urbano, el artista logra transportar al espectador al momento exacto del bombardeo. Una vivencia íntima, que hasta invita a copiar la posición corporal de aquellos habitantes que se refugiaron y cuidaron sus oídos de los estruendos. La obra fue un éxito, al punto que el artista decidió replicar la metodología para exponerla en distintos museos del país.



La instalación Pulse (2009) es, explica Markus, una visualización en directo de las expresiones emocionales escritas en los blogs de la empresa Blogger. El flujo de información es decodificado en base a la Teoría psicoevolutiva de la emoción, del psicólogo Robert Plutchik. Un robot avanza palabra por palabra en los posteos y les da una connotación. El resultado se ve reflejado en un corazón de goma que es manipulado por una serie de motores conectados a microcontroladores Arduino. El sistema está en línea con la web. Las palabras se convierten en órdenes que se visualizan en el movimiento final. El concepto de la obra es tomarle el pulso a la web, pero en relación directa con su carga emocional. Cada área del corazón de goma se corresponde con los sectores que el doctor Plutchik expone en su teoría, célebre por trazar una conexión entre la psicología, la biología y el darwinismo. La emociones, asegura el psicólogo, constituyen una cadena de acontecimientos conectados: impulsos, comportamientos, cambios y sentimientos, que siempre están apuntados a un objetivo específico.



Por su parte, Vanity ring (2007) arrastra una fuerte carga irónica y una relectura de los valores en el siglo XXI. El anillo ha sido históricamente, y es, un objeto que se relaciona con el lujo y el bienestar económico. También con el poder. Kison lo transforma en un objeto para exaltar la vanidad, pero en términos contemporáneos. En lugar de una joya, el anillo lleva una display que se actualiza a través de internet y muestra la cantidad de resultados que el buscador Google arroja con el nombre del dueño. De esta forma, el artista actualiza un símbolo de estatus, donde no sólo dependen los quilates del brillante que se puede comprar, sino que hace una valoración sobre el lugar que ocupa la persona en el universo digital cotidiano. Es evidentemente que, en los últimos años, figurar la mayor cantidad de veces posible y en los mejores puestos posibles se ha convertido en una mercancía, para las personas y para las empresas.


En este momento, Kison se encuentra trabajando en una pieza tridimensional donde cruza tecnologías visuales, datos informáticos, espejos e información urbana de distintos países de Europa.