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Verdadero o falso: la Venus de Milo

Según la historia oficial, o mejor dicho, la historia oficializada, la Venus de Milo, una de las piezas más representativas del período helenístico, supuestamente cincelada entre 130 y 100 a.c., fue encontrada en el año 1820 por un campesino llamado Yórgos Kendrotás, en la isla de Melos, enterrada sobre la costa del mar Egeo. Hasta ese momento, se dice, estaba completa, con sus brazos en perfecto estado. El campesino comenzó un operativo para venderla, sin conocer el valor histórico que tenía. La compró un oficial francés, el oficial francés se la vendió a un clérigo, el clérigo al Marqués de Riviere, el embajador francés en Constantinopla, quien se la regaló al Rey Luis XVIII. Fue así que la Venus llegó a París. Actualmente está expuesta en el Museo de Louvre. Los brazos, continúa la historia oficializada, se rompieron mientras la cargaban en el barco para transportarla.

Todo muy bonito, pero falso.

Primera cuestión y probablemente la más polémica: no es una pieza del período helenístico. Se supone que fue esculpida por lo menos siete siglos después, siguiendo los lineamientos de la escuela griega. Estaba firmada por su autor, pero los directivos del Louvre se encargaron de borrar la firma. También le sacaron la mitad de la base donde está apoyada. Los cambios, obviamente, se hicieron para lograr coherencia estética con lo que el museo promociona.

La versión de los brazos es también apócrifa, la Venus de Milo fue mutilada en el mismo Louvre, de hecho, la famosa mano con la manzana y parte de su brazo están guardados en los depósitos. Se lo cortaron para mantener la simetría y para agregarle valor histórico.

Hubo una gran discusión detrás de estos cambios forzados. Es claro que la decisión final fue tomada a favor de inventar un tesoro del arte universal. Hay quienes la admiran su belleza -se escribieron miles de textos que la analizan, aunque nunca se preguntaron si verdaderamente tiene el valor que le adjudican-, pero también hay quienes la detestan, como el caso del plástico francés Pierre Auguste Renoir, célebre por sus obras y por su conocimiento sobre la historia del arte, quien directamente la tildó de “Gendarme desproporcionado”.

Gabriel Orozco

Su obra reescribe ciudades. Al menos así dice él. Suena bien, aunque sería más específico hablar de sentidos, de significados y de funcionalidad. Gabriel Orozco (1962) es un artista mejicano que trabaja en distintos planos: video, fotografía, escultura, instalación, dibujo y arte-objeto. Sus trabajos y declaraciones arrastraron polémica a principios de la década de 1990, fue capaz de captar la atención de los principales museos del mundo con obras novedosas como Black Kites, una calavera pintada a cuadros blancos y negros, pero también supo ganarse el odio de sus colegas con acusaciones del estilo “El neomejicanismo es una escuela atrasada”.

Sus primeros trabajos están relacionados con líneas clásicas y soportes convencionales. De a poco fueron mutando hacia la reinterpretación de objetos ubicándolos en espacios públicos, basura y residuos característicos de cada país que visitaba, impredeciblemente atravesados en contextos cotidianos. No trabaja en estudio ni taller, prefiere crear en la experiencia en sí, aprovechar el instante y convertirlo en un hecho estético. Transformar lo intrascendente.

Una de sus grandes creaciones es La D.S. (1993), un Citroën DS rebanado al medio. Le quitó una lonja de auto simétricamente en el centro y lo volvió a unir prolijamente. El resultado es un automóvil ultracompacto, visualmente atractivo pero completamente inútil. Es decir, trazó una crítica al impulso contemporáneo de agradar con la imagen sin detenerse en la funcionalidad de los objetos.

Piedra que cede (1992) es una gran bola de plastilina que Orozco va llevando de muestra en muestra. Pesa lo mismo que él, y el dato característico es que a medida que va sufriendo modificaciones –se la puede tocar, hacerla girar, golpearla, incrustarle objetos- van quedando marcas, testimonios de los distintos contextos donde estuvo expuesta.

Hay quienes lo consideran uno de los principales creadores del mundo, y otros que directamente lo tildan de estafador. Los argumentos son miles, hubo críticas donde lo acusaban de ser un simplista, que su obra podría hacerla cualquiera incluso gente sin ideas ni conocimientos sobre el proceso creativo en el arte, que sus piezas están vacías de contenido. La respuesta de Orozco fue categórica: “Sí, cualquiera pudo hacerlo, pero yo tuve los huevos”. Sea como sea, hoy es uno de los artistas obligado de cualquier bienal de alto vuelo que se realice en Europa o América.

Para Oval con péndulo (1996) fabricó una mesa de billar circular que expuso en el Empty Club de Londres, un antiguo casino inglés. Sobre la mesa ubicó dos bolas blancas, y colgada de un hilo la bola roja, que oscilaba ante cualquier movimiento. Obviamente, es imposible jugar: todo está alterado y modificado para mover al espectador a reflexionar sobre las variables de orden y desorden, siempre con una estricta búsqueda estética. Trabajó la misma línea en la obra Ping-pond table (1998) donde en el centro de una mesa de ping-pong ubicó un estanque de nenúfares. También juega el absurdo en Football (1997), una pelota de fútbol cilíndrica, imposible de utilizar.

La obra del cráneo cuadriculado, Black Kites (1997), fue presentada oficialmente en la Documenta X de Kassel. El concepto fue unir el mundo natural y físico con el mundo ideal y abstracto de la geometría. También sobrevuela la noción del intelecto –la racionalidad- y la tradición del Día de los Muertos, fiesta popular mejicana donde se representa a la muerte irónicamente.

Gabriel Orozco - Obras

Kittiwat Unarrom: Bakery

Su padre era panadero, un trabajo a contramano del mundo. Kittiwat Unarrom, de pequeño, lo observaba alimentar el horno antes del amanecer, amasar los bollos, dejar la vida detrás de cada producto. Con los años aprendió los secretos de la confitería, en paralelo se formaba en artes plásticas, pintaba retratos, experimentaba con las tres dimensiones en alguna pieza escultórica, pero nada para destacar. Hasta que se hizo cargo del local: en lugar de hornear tentadores panquecitos o perfectas baguettes adaptó la morfología del cuerpo humano a las confituras. Le dio vida a Bakery, su obra más destacada. Visitar la panadería de Unarrom en Tailandia es, además de una experiencia artística, algo muy parecido a caminar por la morgue de un hospital público.

Primer punto, el sabor es el mismo, las piezas son de pan, chocolate, pasas de uva, mermelada y azúcar. El trabajo conceptual está en la forma. Kittiwat estudió anatomía para copiar al detalle texturas y proporciones; y con la paciencia de un científico trabajó los ingredientes hasta encontrar el punto. “Mi idea es romper con la idea de las primeras impresiones, con la cultura visual. Es pan, tiene sabor a pan. A la gente le da impresión y no le dan ganas de comer, por lo que ven”, explica el artista.

Es muy simple confundir este tipo de trabajos con un producto de diseño. La confusión es correcta, pero hay una búsqueda que subyace en sus creaciones, relacionada con el choque entre un alimento tan básico y universal como el pan y un cadáver mutilado. A eso hay que sumarle la inserción en un mercado masivo y cotidiano como el de la panadería, de alto impacto social. De hecho, el local completo en funcionamiento es, ni más ni menos, su tesis para obtener un master en la Escuela de Bellas Artes de Taiwán.

Las piezas se cocinan en etapas. Luego de amasarlas, darles la primera forma y el primer golpe de calor, se retiran del horno y en caliente se las moldea prolijamente. Luego se pintan (la sangre está hecha con chocolate en distintas densidades) y se devuelven al horno para la cocción final. Algunas piezas, por ejemplo las cabezas, se fragmentan y se venden por partes: una nariz, las orejas, la boca. Otra se venden completas, como las manos, los pies o las vísceras. La panadería está acondicionada igual a una carnicería, los objetos están envueltos en bandejas de telgopor y aluminio, o colgados del techo en ganchos metálicos.

Unarrom pone al descubierto la primacía de la vista y el condicionamiento que ejerce sobre el resto de los sentidos. Crea un concepto morboso para enlazarlo con un alimento milenario de consumo masivo en el mundo entero.

Kittiwat Unarrom - Body parts